La fotografía y la muerte en el siglo XIX

La fotografía y la muerte en el siglo XIX

Luego de la invención del daguerrotipo a mediados del siglo XIX, algunos artistas cesantes se vieron interesados en poder hacer su trabajo con el nuevo prodigio de la técnica. El retrato estaba en su época dorada y varios pintores de oficio hacían buen dinero plasmando los perfiles de sus patrones en sendos lienzos, que los burgueses mecenas de las artes colgaban en sus lujosos salones, para darse un baño de popularidad y sostener su estatus de poder más que por amor al arte.
Hasta el siglo XIX y su floreciente emporio de revoluciones en la industria, la relación que había entre el artista y la muerte se circunscribía a la pintura o las mascarillas mortuorias. Este antiguo arte heredado de Egipto, Grecia y sobre todo Roma, pretendía registrar las facciones y los últimos momentos de un ciudadano por lo general principal de los círculos sociales de mayor influencia. Se preparaba un poco de yeso y se ponía una tela sobre el rostro del fallecido. Enseguida se vertía el líquido y se dejaba fraguar. Se tenía de esta forma una instantánea del ser amado que se ponía en el panteón familiar para ver su postrer rostro a toda hora.
Al revelarse el avance y realismo que la técnica de la fotografía entrañaba, muchos artistas con alma de comerciantes vieron una oportunidad de hacer una pequeña fortuna. Entonces se dieron a la tarea de aprender la misteriosa alquimia consistente en convertir la luz en imágenes. El memento mori, una vieja frase dicha a oídos del emperador en el momento de su coronación, «recuerda eres mortal», fue tomada para el nuevo género que maridaba el arte con la muerte.
El procedimiento que resultaba bastante costoso para los dolientes, consistía en llevar al retratista junto con toda su maquinaria al domicilio, para proceder a hacer allí su toma. En general eran mujeres jóvenes o niños los favoritos para hacer el registro, dada la triste circunstancia de hacer sido arrebatado por el reino de Tánatos, el brillo y la belleza de la vida esfumada en un instante, y solo recuperada por obra y gracia de la técnica.
Para aquellos tiempos se hizo bastante popular en Europa y algunos países de América como Perú, fotografiar al difunto entre profusión de coronas florales en su féretro, o vestido, maquillado y acomodado en un sillón junto a sus padres como era usual en los niños y bebés recién nacidos y muertos. Puede parecer una práctica desagradable hoy en día, pero no deja de ser ni menos cruda que una fotografía para una crónica judicial o que la contemplación serena de un muerto en un velorio.